¡Bienvenidos!

Sed todos bienvenidos a esta web dedicada al cuento El dúo de la tos, de Leopoldo Alas Clarín.

Aquí podréis encontrar una adaptación del cuento, un glosario basado en el escrito original y algunas actividades, además de una referencia muy breve al autor y otras de sus obras.

El motivo de crear esta web es la necesidad de complementar un trabajo práctico que realizamos dos compañeras de la clase de Lengua y literatura española y su didáctica II (ver créditos) sobre un cuento de Leopoldo Alas "Clarín". Por su temática y porque nos atrajo en primera instancia, el cuento en el que basamos nuestro trabajo es El dúo de la tos, parte de Cuentos morales.

Aquí tenéis el power point que hemos preparado para la exposición del día 23 de diciembre de 2009. En los diferentes apartados podréis encontrar, después de haber realizado la actividad en clase, las fotografías y vídeos de la representación que planeamos.


El gallo de Sócrates.

Aquí tenéis otro cuento, El gallo de Sócrates, esta vez en la web Ciudad Selva.

Recursos.

Para realizar vuestros cómics fotográficos podéis utilizar los enlaces que encontraréis en estas tres páginas:

- Cuentos morales.
- El gallo de Sócrates.

El señor y lo demás son cuentos.

Aquí tenéis la obra de "Clarín" El señor y lo demás son cuentos, en Cervantes Virtual. Recordad buscar las palabras que no entendáis.

Cuentos morales.

Estos son algunos de los textos originales de Cuentos morales, publciados en Cervantes Virtual que podéis utilizar para realizar vuestros cuentos. ¡Tened en cuenta que tenéis que buscar las palabras que no entendáis!



Actividad: ¡Un cómic fotográfico!

A. LA IDEA.

Proponemos realizar un cómic fotográfico, esto es, un cómic con nuestras propias fotografías. Para eso, fabricaremos cuatro cositas que puedan aparecer en las fotos y que tengan que ver con el cómic.

En nuestro caso, como es del cuento El dúo de la tos, necesitamos pocas cosas. Básicamente nos referiremos a los balcones (que los fabricaremos), las camas (serán dos cojines) y las luces (serán las de clase).

Para realizar las fotos, y para que en clase no sea aburrido, lo haremos en grupo y con una representación teatral. Para eso necesitaremos:

- DOS voluntarios, que harán de personajes del cuento.
- Otros DOS voluntarios que leerán los bocadillos de los pensamientos de cada personaje.
- UN voluntario que hará los efectos especiales (onomatopeyas),
- y UN último voluntario que hará de narrador de la historia.

Para esto utilizaremos la versión adaptada del cuento y los materiales que aparecen a continuación.

B. MATERIALES.

- Cartón.
- Tijeras.
- Cúter.
- Bolígrafo o rotulador.
- Un cigarrillo de mentira.
- Dos cojines.
- Cámara de fotos.
- Cámara de vídeo (para la representación teatral).

C. PROCESO.

1. Construímos los balcones:

Primero escogemos los cartones y los recortamos a medida.


Después, en otro cartón, dibujamos la forma que vamos a darle al balcón (forma de balaustrada). Primero dibujamos la mitad de un balaustre, y después dibujamos el balaustre entero. A continuación, podremos recortar la plantilla del balaustre completo.


Por último, utilizaremos la plantilla para dibujar en los cartones definitivos la forma del balcón. Una vez terminado, seleccionamos la parte que hemos de recortar y la que ha de quedar, y recortamos.



Finalmente, para darle un aspecto más "real", podemos marcar algunas líneas con un rotulador o bolígrafo.



Cuando esté acabado quedará una cosa así:



2. Preparamos los bocadillos:

Utilizaremos un procesador de texto (word) y escribiremos los textos. Utilizando la opción añadir formas colocaremos la forma de los bocadillos. Después, se imprimen y se pegan sobre cartón, así:



D. RESULTADO.

Aquí tenéis el vídeo de la actividad, que ha salido bastante mal y además sin sonido.


También podéis ver algunas fotos que hicimos durante la realización de la actividad.






 

Leopoldo Alas "Clarín": Vida y obra (resumen).


Leopoldo García-Alas y Ureña "Clarín" nació en Zamora el 25 de abril de 1852. Como en su casa constantemente se hablaba de Asturias y su madre narraba historias de aquellas tierras, Leopoldo se sintió más asturiando que zamorano desde niño.

A los siete años fue a estudiar a un colegio de jesuitas ubicado en León, y desde el principio le fue muy bien y tuvo facilidad para adaptarse.

En 1859 toda la familia volvió a Asturias, y así Leopoldo pudo descubrir la libertad en las tierras de las que tanto había oído hablar. Por primera vez tiene contacto con libros de Cervantes y Fray Luis de León.

Cuatro años más tarde entró en la Universidad de Oviedo y aprobó con sobresalientes. Después, se trasladó a Madrid para hacer el doctorado.

Una revolución en 1868 despertó su interés por los ideales republicanos y liberales, y tuvo contacto con otras ideologías, especialmente gracias a su profesor, Francisco Giner de los Ríos.

Bajo el pseudónimo (nombre) de "Clarín" colaboraba con la prensa democrática. En 1833 se casó y se trasladó a la Universidad de Oviedo.

A partir de ahí, destacan sus artículos literarios y periodísticos, de tipo filosófico y religioso o político y literario.

Al igual que el romántico Mariano José de Larra, buscaba el sentido racional de la vida.

Su obra más conocida es La Regenta (1884-85), y menos conocidos son sus cuentos y sus novelas cortas, aunque escribió muchos y de muy buena calidad.

Créditos.

Esta web ha sido creada por:

Marga Forteza Bortone y Beatriz Martínez Company,

alumnas de Lengua y literatura española y su didáctica II, de Magisterio de Primaria en la Universitat de les Illes Balears (Palma de Mallorca), durante el curso 2009-10.


Actividades.

A. VOCABULARIO.

1. En primer lugar, debes leer atentamente la historia original de El dúo de la tos. Después, reléelo si hace falta y apunta en una hoja todas las palabras que no sepas:

a) ¿Puedes deducir su significado por el contexto?
b) Si no puedes, búscalas en el glosario o en un diccionario, y apunta su significado.

2. Ahora, prestando más atención aún al texto, apunta todas las palabras que pertenezcan, o que te recuerden, al campo semántico "la muerte". ¡Puede ser un ejercicio interesante y espeluznante! Busca el signifcado de las palabras que no entiendas, si no lo has hecho ya, y explica por qué crees tú que el autor usa tantas palabras de este tipo.

B. A PARTIR DEL TEXTO...

3. ¿Qué es lo que entiendes que sucede en este cuento? Si no lo comprendes bien, puedes leer la versión adaptada que te proponemos.

4. ¿Qué harías tú si estuvieras en la situación de la joven de la habitación 32? ¿Y si fueras el huésped de la habitación 36?

5. Escribe una historia de amor. Puedes ponerle el final que quieras tú, sea bueno o malo. Los personajes, espacios y tiempos, quedan totalmente a tu elección.

6. ¡Cómic fotográfico! Siguiendo el ejemplo que hemos realizado en clase (puedes verlo aquí) tienes que realizar tu propio cómic fotográfico sobre otra obra de Leopoldo Alas "Clarín". Para eso, necesitarás crear grupos de 3 a 5 personas y elegir un cuento (visita esta página para ello).


7. Debate. ¿Cuál crees tú que es el tema del cuento? ¿Por qué lo crees así? ¿Podría tener más de un tema?

8. Imagina que eres psicólogo o psicóloga. ¿Podrías redactar un breve diagnóstico que explique por qué "Clarín" escribía historias tan tristes?

9. ¿Qué elementos aparecen en la historia que sean importantes? (objetos, personas, lugares...) Dibújalos tal y como te los imagines.

El dúo de la tos: adaptación.

Adaptación de la obra. Por Marga Forteza y Beatriz Martínez.


Nuestra historia sucede en el gran hotel del Águila, un caserón cuadrado inmenso, sin gracia y de cinco pisos. Aquí la gente nunca se conoce porque tanto los trabajadores como los huéspedes cambian con gran rapidez.

«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto. Era un hombre envuelto en un abrigo de verano que estaba fumando mientras se apoyaba en el balcón. En la oscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brillaba como un gusano de luz.

«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Era una mujer suspirando por el consuelo que le proporcionaba aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

«Si me sintiera muy mal y gritara para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría» sigue pensando la mujer, que aprieta contra su pecho delicado un chal de invierno.
«En la puerta de la habitación número 36 esta madrugada cuando me levanté había unas botas de hombre muy elegantes».

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después de que pasó.

«Se ha apagado un foco» piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme».

A medida que avanzaba la noche se iba imponiendo el silencio y todo parecía más triste. Del muelle y los barcos que se encontraban al pie del hotel tan sólo se distinguían las sombras y se escuchaban los leves sonidos que se producían cuando chocaban entre sí.

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del silencio y las sombras.

De pronto suena una tos seca, repetida tres veces, a la derecha, dos balcones más allá. Esa tos hace temblar al hombre de la habitación 36 que, después de fijarse bien, descubre un bulto en el balcón de la habitación 32 y piensa «Tos de enfermo, tos de mujer». Eso le recuerda a su enfermedad y le hace consciente de que no debería estar fumando y de que tampoco debería estar en el balcón a esa hora, aunque fuera agosto. Entonces se dice para sí mismo «¡Adentro, adentro! ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!».

Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció y cerró el balcón. Esto provocó una gran melancolía al bulto del 32, similar al que había sentido el bulto que fumaba con la desaparición del foco que se había apagado antes.

«Sola del todo», pensó la mujer que, aún tosiendo, seguía allí. Aunque realmente no se sentía sola del todo porque se sentía acompañada por el desconocido de la habitación 36 que ya había abandonado el balcón y entrado dentro.

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía también se retiró; como un muerto que vuelve a la tierra.

* * *

Pasaron una, dos horas. En el pasillo y las escaleras se oían pasos de algún trasnochador y por debajo de las puertas entraban rayos de luz que giraban y desaparecían.

Varios relojes de la ciudad e incluso uno del hotel cantaron la hora y media hora más tarde volvieron a sonar.

«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas. Él imaginaba que esa hora que sonaba solemnemente era la cuenta atrás hacia la muerte. Todo se había dormido, ya no entraban huéspedes. Por lo tanto ya no había testigos y en cualquier momento podía salir la fiera.

En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.

«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación y solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos. Su sentencia de muerte estaba pegada a él al igual que una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.

«Toda mi vida he ido por el mundo buscando un aire sano para mi pecho enfermo». Todos los lugares donde pasaba la noche tenían para él aspecto de hospital. «¡Qué vida más triste la mía!». El huésped de la habitación 36 sentía cierta envidia y rencor por el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público. -El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! Y nadie se acuerda de los tísicos- decía. «La muerte del prójimo, ¡qué poco le importa al mundo!».

Y tosía, tosía, en el triste silencio de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos... Un eco... en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era más dulce. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.

Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.

La mujer del 32 pensaba «Partí de mi patria para trabajar de institutriz en una casa de la nobleza, pero mi enfermedad me hizo abandonarlo por miedo al contagio». Al principio pensó en regresar a su patria, pero como que no la esperaba nadie y el clima de España era más benigno se quedó. Lo único que hacía era cambiar de pueblo y toser esperando encontrar algún día a gente que amase a desconocidos enfermos.
La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Su tos también era trágica. «Estamos cantando un dúo», pensó; aquello le pareció indiscreto, como una cita en la noche. Tosió porque no pudo contenerse.

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba y trasportó la tos del 36 al país de los sueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Sentía que aquella tos varonil la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio» pensó.

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36.

La fiebre sugería en la institutriz un amor sano, pagano. Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar:

«Somos tan iguales, ambos estamos enfermos, tenemos miedo a la muerte y necesitamos compañía ¡podríamos consolarnos y llorar juntos!».

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba:

« Vendría a verte, así nos ayudaríamos mutuamente, pero aunque esté enfermo soy y un galán y conozco mi deber».

Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. « ¿Quién sería? ¿Cómo sería?» pensó, « ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle... ¿para qué?».

Finalmente ambos murieron sin conocerse. Él abandonó el hotel y a los pocos días murió, ella vivió 2 o 3 años más y en sus largas noches de insomnio aún recordaba el dúo de la tos.


Glosario del texto original.


 Busca las palabras que no entiendas a partir de la letra por la que empiezan. Puedes hacerlo pulsando sobre las letras siguientes:

A - B - C - D - E - F - G - H - I - J - L - M - N - O - P - Q - R - S - T - V



A

- Abismo. Lugar de castigo eterno.
- Acreedor. Persona que tiene derecho a que se le pague una deuda.
- Amortiguar. Hacer que algo tenga menos intensidad o vida.
- Análogo. Que es semejante, comparable, a otra cosa.
- Aprensión.Opinión o idea irreal.


B

- Benigno. Que no es grave, que no es malo.
- Bóveda. Estructura curvada que sirve para cubrir el espacio entre dos muros o pilares.
- Bufera.
- Busto. Pecho de la mujer.


C

- Calaverada. Acción del hombre con poco juicio o razón.
- Chal. Paño de seda o lana, más largo que ancho que puesto en los hombros, sirve a las mujeres como abrigo o adorno.
- Codorniz. Ave parecida a la gallina, de unos veinte centímetros, con la cola muy corta, el pico oscuro, las cejas blancas,  la cabeza, el lomo y las alas de color de tierra y con rayas más oscuras, y la parte inferior gris amarillenta.
- Conjeturar. Crear opiniones a partir de observaciones propias.
- Contrata. Contrato que se hace con otra persona para realizar una obra o prestar un servicio a un precio determinado.
- Cripta. Lugar subterráneo en que se acostumbraba a enterrar a los muertos.

D

- Dársena. En aguas navegables, parte reservada a la carga y descarga de embarcaciones.

E

- Erótico. Que pertenece o se refiere al amor sensual.

F

- Falansterio. Alojamiento colectivo para mucha gente.
- Fatuo. Falto de razón o entendimiento.
- Figurar(se). Imaginarse, fantasear, suponer algo que no se conoce.
- Fonda. Establecimiento público, de tipo más antiguo que un hotel, donde se da hospedaje y se sirven comidas.
- Formidable. Excesivamente grande o que infunde asombro y miedo.
- Fosforescencia. Luminiscencia que permanece algún tiempo cuando termina la causa que la produce.
- Fúnebre. Muy triste.

G

- Gabarra. Barco pequeño destinado a la carga y descarga en los puertos.

H

- Hospicio. Casa para albergar y recibir peregrinos y pobres.

I

- Institutriz. Mujer encargada de la educación de uno o varios niños en un hogar.

J

- Jornalero. Persona que cobra un salario según los días que trabaja.

L

- Lechuza. Ave, similar a un búho, pero de menor tamaño que se alimenta de insectos y de pequeños mamíferos roedores.
- (en) Lontananzas. A lo lejos, cuando se habla de cosas que apenas se distinguen porque se hallan muy lejos.
- Lúgubre. Sombrío, profundamente triste.

M

- Matiz. Cada una de las gradaciones de un color, que no le hacen perder el nombre que lo distingue de los demás. (Del matiz de... es aproximadamente del mismo color).
- Miserere. Canto solemne que se hace en Semana Santa.
- Misticismo. Estado supremo de perfección religiosa: unión del alma con Dios por el amor.

N

- Necia. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber.
- Nicho. Espacio en un muro u otro lugar destinado a colocar cosas. En los cementerios, hace referencia a los espacios de las construcciones en los que se colocan los cadáveres.

O

- Orgía. Satisfacción viciosa de apetitos o pasiones desenfrenadas.

P

- Pagarés. Papel que se extendía cuando un importe no podía pagarse al momento. En él, se firmaba la obligación de pagar una cantidad en un tiempo determinado.
- Proletariado.Clase social obrera.
- Pudor. Honestidad, modestia.
- Puntal. Apoyo, fundamento.
- Purgatorio. Lugar, según la tradición cristiana, en que las personas fallecidas se purifican para alcanzar la gloria.

Q

- Quebradizo. Delicado en salud.

R

- Ratificar. Aprobar palabras o escritos dándolos por buenos.
- Rechino. Sonido que se produce al rozar una cosa con otra.

S

- Sepulcro. Obra, normalmente de piedra, que se construye levantada del suelo para dar sepultura al cadáver de una o más personas.
- Sepultura. Lugar en que está enterrado un cadáver. Dar sepultura es enterrar a un difunto.
- Solemne/solemnidad. Grave, majestuoso, imponente.

T

- Tupido. Que tiene sus elementos muy apretados. En el caso de un chal tupido, que es caliente por ser grueso.

V

- Vago. Que es impreciso, indeterminado, o ligero, vaporoso, indefinido.
- Velar. Observar atentamente algo.
- Vislumbrar. Conjeturar por leves indicios algo inmaterial.

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El dúo de la tos.


Texto original. Por Leopoldo Alas "Clarín".

Las palabras que encontréis en negrita son palabras que tal vez no se entiendan. Para ello, hay un glosario preparado en este enlace en el que encontraréis una breve explicación de ellas.

El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de la víspera. 
 
«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar. 

«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza. 

«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente. 

«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante». 

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó. 

«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.» 

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza

El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme. 

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del silencio y las sombras. 

De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!».


Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal. 

«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía... compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden. 

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra. 

Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían. 

Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta. 
 
Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes. 

«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa. 

En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta. 

«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril. 

Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público. 

-El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo! 

Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos... Un eco... en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío. 

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era... ¿cómo se diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer. 
 
Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle. 

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice. 

La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos. 

La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos. 

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal. 

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36. 

La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico!, no es ésta la palabra. ¡Eros! El amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar. 

«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen... ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.» 

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba: 

Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy... si me deja la tos... ¡esta tos!... ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos...» 

Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos. 

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre... ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle... ¿para qué? 
 
Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34. 

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto... como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo. 

La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

FIN


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